miércoles, 8 de abril de 2009

MI PADRE NO MURIO DE VIEJO

foto by robert barret



Mi padre no murió de viejo

Mi padre no murió de viejo. Según me pudo llegar a confesar, comenzó a preocuparse seriamente a
partir de un día que al regresar de la calle mojado por la lluvia, observó que sus pisadas no dejaban huella en el suelo de la cocina; más inquietó se sintió aún, cuando ya no consiguió verse en el espejo el hilo de sangre que broto por haberse cortado afeitándose; para acabar totalmente desorientado, angustiado y alarmado, taciturno con las manos apretadas tras su espalda como el profundo nudo de raíces de un árbol, mientras pasea taciturno dándole vueltas en su cabeza a estas y otras cosas, a partir del momento en que ya no escucho el latido de su corazón tras un satisfactorio mutuo esfuerzo o por una de esas situaciones que se lo contraían, llevándolo a pensar que de nuevo estaba todo perdido, pues siempre había desperdiciado la suma- que repentinamente nervioso se obstinaba en repasar con los dedos una y otra vez, no fuera a ser que estuviera en la última sin percatarse- de cuantas fueron las que ya había muerto.
Su innegable muerte en vez de repentina en realidad - creo que a su pesar- se produjo paulatina e invariable como la sucesión de días en el calendario y el rosario de constantes decepciones que parecía ser lo único que le enviaban, y con lo que se divertían, los dioses.
La improbable fecha y hora hay que fijarlas a cuando en ella la indiferencia venció al dolor por las cosas que le habían estimulado mientras fue quien creyó ser; cuando descubrió que caminaba como un ser hueco con dos pies zurdos o con los zapatos equivocados de pie; que en el habitaba esa sensación irreparable de qué nada ya lo llenaría, que sus movimientos eran los de un escualo entre los náufragos de su memoria. Cuando las alternativas se redujeron sólo a dos: seguir viviendo o el suicidio.
Así qué el día que definitivamente dejo de aspirar su estimulante cigarrillo y de imaginar sus peculiaridades absorto en las grises formas abstractas del humo atravesando el techo, los trenes continuaron llegando y saliendo a su hora inexperta, los mercados de valores abrieron para seguir repartiéndose los dividendos de sus contradictorias despreciables especulaciones; los periódicos nacionales no detuvieron sus rotativas y en sus portadas se hacían eco de algún drama local y, como siempre, los locales en las suyas hablaron de los grandes temas nacionales.
En la calle la gente prosiguió yendo y viniendo ocupada en sus cosas como cualquier día, con sus caras tan anónimas como sus existencias, incapaces de producir un recuerdo y menos confusas nostalgias.
Pero eso sí, alguien me contó que ese mismo atardecer sobre los semáforos de Memphis- Bilbao el cielo en el que como en una acuarela se iba mezclando el azul celeste con los inmensos amarillos hasta que el rojo encarnado acababa ocupándolo todo, hubo nubes que impidieron contemplarlo e incluso alguien escuchó llover.
Desde entonces, cuando oigo trenes me parece como si huyeran para no darme la razón; si una extraña fuerza me impulsa a girar la cabeza es para reconocer a su espectro hablando en voz alta y blasfemando dentro de un bar, en mitad de un corro de parroquianos que frente a una copa discuten de futbol, por la mal nacida política o del confuso reparto en una vieja película.
Su recuerdo ruge sin ser convocado cada vez que al finalizar de hacer el amor, algunas en lupanares con ventanas a la calle y cortinas como en los hogares burgueses, ella, -como si invariablemente terminaran fundiéndose para acabar siendo siempre la misma- la mujer responsable de meter las balas para jugar a la ruleta rusa, comienza a hacer predicciones e incluso me quiere adelantar el futuro.
Inesperadamente siento su presencia siempre que como él tengo que mirar al cielo para despejar si volverá a llover sobre mojado y me quedo embobado viendo como el azul celeste se torna en tenues amarillos que acabaran tiñéndose de rojo fuego cuando aparezca la primera estrella.

4 comentarios:

Marian Raméntol Serratosa dijo...

Un poema-relato, un relato-poema, todo sirve si alcanza la emoción.

Ya sabes, querido Oscar, siempre un placer.

Abrazos
MArian

Sara Castelar Lorca dijo...

Desde entonces, cuando oigo trenes me parece como si huyeran para no darme la razón,


Todo el texto me gusta, pero estos trenes son muy ciertos, Óscar, mucho.

Anónimo dijo...

Felicidades, Alberdi, un buen trabajo! Un poema que me ha tocado especialmente, aunque a la vez me ha asustado, pero en definitiva, consigues lo que creo que la mayoría de los escritores persiguen: no dejar al lector indiferente. Es difícil embelesar al lector siendo tan realista, contándole las peores mierdas que uno se va encontrando. ¿Cómo convencer con lo peor? Ay, amigo, tú sí que sabes.

Yose Álvarez-Mesa dijo...

Oscar, he entrado aquí por casualidad (ya sabes, los enlaces de tus enlaces son mis enlaces) y ha sido todo un descubrimiento tu buen hacer. Volveré.
Saludos.
Yose